martes, 14 de abril de 2015

Amor Joven

Entre los pliegues de tu piel se perdían mis besos, recorrían tus rosadas mejillas con suavidad, seguían la senda de tu cuello haciendote vibrar. Una atmósfera límpida caía sobre nosotros, nadie alrededor nos importaba lo más mínimo. Solo nuestros cuerpos fundiéndose con el cariño que dos amantes dejan fluir en la neblina del amor joven. Pudo ser el alcohol, las luces, el jolgorio general o miles de motivos más. Pero ambos sabemos que lo que nos guió aquella noche fue las ganas de sentir cada centímetro de nuestra piel.

lunes, 13 de abril de 2015

Le Chapelle

Cuenta la leyenda, que allá por 1431, mientras las llamas devoraban el cuerpo inocente de Juana de Arco, las gárgolas de la Catedral de Notre Dame derramaron lagrimas debido a la impotencia de ser testigos de un acto cruel y despiadado, no pudiendo, al ser de día, volar hasta las brasas para salvarla. Pero, aquella misma noche, tras despertar de su tumba de piedra, las Gárgolas, guiadas por un odio ciego hacia los habitantes de París, arrasaron la ciudad, segando la vida de centenares de personas.

Pero el caso de Levy era bien diferente, no se erigía como una figura vengativa y devota, más bien era otro poeta enamoradizo que merodea a medianoche Montmarte, pero, por causas del azar del destino, poseía la maldita y genial maldición de ser una Gárgola.

Cada medianoche, tras resucitar de su tumba de caliza, Levy descendía de la catedral de Notre Dame, sus cualidades atléticas facilitaban su descenso. Como de costumbre, caía frente a La Puerta del Juicio Final donde recordaba su extraña peculiaridad, siempre le resultó gracioso el pensar en lo absurdo de someter a la humanidad a un juicio final por su alma. Como hombre solitario, estaba acostumbrado a frecuentar ambientes cargados de humo y soledad, donde Dios no tenía cabida.

Al mirar los rayos del Sol a lo largo del día, no logra evitar derramar lagrimas por sus plomizas mejillas. A pesar de haber pasado cinco años, no consigue olvidar aquellas noches impresionistas en Le Chapelle.

Le Chapelle fue el lugar donde Levy pasó sus mejores años como poeta, hombre y amante, aunque, a decir verdad, en aquellos años, no aprendió absolutamente nada sobre el amor ni la literatura.

Era una noche de febrero de 1887, una de esas en que las aceras de París se llenan de un hielo cristalino y sus calles quedan abnegadas para esos a quienes las musas abandonan. El atlético y espigado Levy paseaba bajo las estrellas por Les Champs-Élysées, de frente al Arc del Triomphé.
Aquel arco era uno de sus monumentos favoritos de París, siempre se paraba debajo para admirar sus relieves preguntándose por la suerte de nacer con el arte de esculpir esos fabulosos relieves. Envidiaba la facilidad innata de los artistas para expresar la belleza, él nunca había sido capaz de pintar nada bueno y mucho menos se veía capacitado para esculpir mármol. Lo que Levy no sabía, es que era capaz de redactar con suma belleza el mundo que lo rodeaba, cosa que descubriría ese año al caer por error en Le Chapelle.

El error, si es que se le puede llamar error al destino, tuvo lugar una madrugada mientras caminaba por la Place du Tertre. En aquel lugar, Levy quedó impresionado al ver los numerosos pintores callejeros que retrataban la iglesia de Saint-Pierre. Gran atención le suscitó un enclenque joven de hombros caídos y nariz aguileña. El joven retrataba la iglesia con manchas de color superpuestas a grandes pinceladas de colores primarios, llenando el cuadro de la luz púrpura y amarilla de Montmartre. Los contornos de Saint-Pierre desaparecían,sus formas se intuían. A Levy le cautivaba la plasticidad de su composición.

Ante la curiosidad, se acercó al pintor e intercambió impresiones sobre la técnica. Su joven entrevistado se mostraba reacio a la hora de contar sus trucos, debió pensar que hablaba con otro ávido artista de la zona que pretendía copiarlo. Tras el incesante aluvión de cuestiones, el enclenque pintor le contó que su técnica la aprendió hablando con un afable señor llamado Claude en Le Chapelle.

Invadido por la curiosidad que lo caracteriza, Levy inició su camino a Le Chapelle, amaba descubrir nuevos lugares en su ciudad de las luces.

La cafetería se encontraba unas calles más adelante, en la Rue Norvins, Le Chapelle lucía como una diminuta capilla mostaza de cristaleras borgoñas, su entrada era otra fachada deprimente, un templo más donde ahogar las tristezas de la vida.

Levy enfiló con decisión la roída puerta y, tras girar su pomo, traspasó el umbral de lo eterno, pues los recuerdos que siempre acechan sobre Le Chapelle nunca se olvidaran para él.

Le Chapelle era un acogedor y diminuto café de paredes mostaza, con escasas mesas redondas de pino, siempre llenas de artistas atormentados destilando su genialidad en informales charlas. Al fondo de la sala, una antigua barra de madera resguardaba al rollizo dueño del lugar, quien, con suma destreza, servía vino a los clientes. A pesar de su peso, se movía con soltura entre el diminuto espacio que separaba las mesas. La luz corría a cargo de dos grandes lámparas de araña colgando del techo y responsables de llenar la sala de una atmósfera límpida y familiar.

Una estampa de bohemias personalidades habitaba el lugar. Levy oteó el horizonte desde la entrada a fin de encontrar al tal Claude de quien le habían hablado, La heterogeneidad de perfiles y vestimentas le hizo imposible un reconocimiento a simple vista, más sabiendo que el enjuto pintor de La Place du Tertre no le dijo absolutamente nada sobre el aspecto de Claude.

Levy se dirigió a la barra, con paso firme pisó el crujiente parqué, por el camino observaba los rostros hundidos de quienes pasan las largas noches invernales peleándose con sus musas sobre un poblado escritorio de papel.

Al llegar a la barra pidió una copa de vino, preguntando al camarero por Claude. El afable señor sirvió su copa y, con una media sonrisa dijo:

- El señor Monet hoy no se encuentra entre nosotros, debe de andar por algún rincón de París fotografiando la noche con sus pinceles, pero no se preocupe, Le Chapelle tiene muchas otras cosas que ofrecerle-.

Un tanto defraudado, Levy se sentó en uno de los sillones granates de la entrada para tomarse su copa de vino. Asombrosamente se enamoró de aquel lugar. De cara al resto de mesas no dejaba de inspeccionar a cada uno de los parroquianos ni paraba de escuchar las inspiradoras y nostálgicas conversaciones de la joven pareja que tenía a su derecha. Aquel café era la cuna de la cultura parisina. Poco a poco, tras sucesivas visitas, fue conociendo a los asiduos visitantes de Le Chapelle. En una semana ya se codeaba con un grupo de estudiantes de La Sorbone. René, Gallet, Dijon y Patrick pasaron a ser sus compañeros en las frías noches de aquellos años.

Levy y sus compañeros pasaban las horas muertas hablando sobre arte, filosofía o literatura. Cada uno de ellos era experto en alguno de los temas ejerciendo de profesor sobre el resto. Así Gallet, como estudiante de Bellas Artes, enseñaba al resto como interpretar los diferentes estilos pictóricos de la época, además de criticar constantemente el estilo de Renoir, Monet o Degas. Levy siempre debatía aquella postura, por suerte, la lucha se saldaba de costumbre con el recitar de Patrick de algún párrafo de Byron, en un inglés refinado. Pues así como Gallet estudiaba el arte, Patrick se encargaba de la traducción de lo relacionado con la lengua inglesa.

Dijon por su parte era el filósofo del grupo, sus palabras trascendían las de los demás, dando un toque académico a las vagas teorías que el resto de sus compañeros enunciaban en las pequeñas mesas de Le Chapelle. Sus consistentes argumentos y análisis de las obras leídas hacían reflexionar a todos. Levy se mostraba más reacio a la corriente racionalista de Dijon, pues, como bien sabía Levy, en esta vida no todo podía explicarse desde el prisma de Descartes o Aristóteles.


Por último, René era uno de esos jóvenes rebeldes de familia acomodada, que, renegando de las directrices de su padre, había abandonado sus estudios de medicina para dedicarse a la literatura. Levy y René se entendían a la perfección, llegando incluso a corregirse el uno al otro los fragmentos que escribían. René se asombraba del talento innato de Levy, al igual que de la facilidad con la que deslizaba su pluma sobre su libreta, llenándola de frases con una sonoridad bellísima.

martes, 28 de octubre de 2014

Escritor Enamorado

El problema de los escritores es que escribimos sobre una vida que no viviremos.

Nuestro amor es la literatura, pues ella nos hace volar y soñar cada día, yace en nuestra cama cada noche y nos acaricia con su belleza en cada verso.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Lipsbrook X

El terror era palpable en mis músculos que tintineaban inquietos ante la cruenta batalla que iban a librar. Los latidos de mi corazón estallaban sobre mis oídos incrementando su fuerza a medida que aquel repugnante ser ascendía por la fachada de la biblioteca. La oscura atmósfera de la sala se tornó verdosa. El rostro del diablo asomaba por el marco de la ventana, aun lejos de mi posición, imposible intentar disparar con claridad. Tras una rápida mirada, la criatura descendió pared abajo con cautela, parecía desconfiar de la presa yacente a la que se dirigía.

La imagen que se abría ante nosotros era aterradora, una despiadada alimaña se disponía a devorar el exánime cuerpo de un soldado. Sin esperanza miré a mi alrededor tratando de hallar una salida de aquel lugar de muerte. Solo halle un hermético recinto de piedra verdosa, en mi búsqueda topé con una panorámica del cielo encapotado, en él, la luna se marchaba entre la espesura de las nubes, hasta ella me había abandonado aquella noche. El destino de Kitsune y el mio estaba en manos de un rifle que desconocía por completo y de una puntería en la cual no confiaba.
Levanté el rifle a la altura de mi barbilla, me lo apoyé sobre el hombro, cerré un ojo tratando de apuntar por la mirilla. En aquel diminuto agujero vi el macabro rostro del luminoso preparándose para atacar al soldado. Mantuve la respiración y disparé.

El eco metálico del disparo retumbó por toda la estancia, le siguieron un estallido y un golpe pesado sobre el suelo. Mi enemigo había sido alcanzado, su luz se había extinguido. La luz grisácea que antes bañaba la sala había regresado parecía como si hubiese devuelto la vida a la luna que volvía a aparecer sobre el cielo. Pero para mi sorpresa, allí no había ningún cadáver, ambos cuerpos habían desaparecido, era como si aquella penumbra los hubiese evaporado en la noche.

La incertidumbre colapso mi mente, anonadado por la situación ande por el hall con el apuntando cada rincón. Kitsune seguía mis pasos con cautela, erizado olfateando cada metro de suelo.

Al fondo del hall, negra como la muerte, se erguía la puerta principal. No debía salir de la biblioteca, pero ante el extraño giro de acontecimientos parecía ser la única salvación. A mi mente regreso Alejandro Magno, quien jamas llegó a ver terminado su gran proyecto, la biblioteca de Alejandría. Como él, yo debía resignarme a dejar mi sueño atrás y regresar a la cruenta batalla por la supervivencia.

Los ecos de las balas sonaban lejanos, pero pronto iban a restallar cerca de mi. Cuando nos colocamos a la altura de la majestuosa puerta miré a Kitsune en señal de aprobación. El sabio animal me devolvió la mirada con la autodeterminación que caracteriza a los soldados antes de salir a enfrentarse a su destino.

Descorrí la pesada cerradura y empuje la puerta. Tras el umbral de la puerta un grupo de soldados custodiaban las inmediaciones, dispuestos en círculo apuntaban las azoteas de las casas circundantes. Ante el sonido de la puerta abriéndose, un jovencisimo soldado de bucles rubios y cara aniñada se giró apuntándome, su uniforme desgastado se agitaba enfurecido ante las acometidas del viento de aquella noche. Sorprendido, preguntó mi nombre y me dio indicaciones, apuntando a una diminuta azotea. Su confusión le llevó a creer que yo era un voluntario enrolado en la causa. La presencia de Kitsune bajo mis pies le arrancó una tímida sonrisa, sin vacilar, se agachó y paso su mano sobre su lomo, Kitsune bajo su cabeza en señal de agradecimiento ante la muestra de cariño de aquel soldado.
Mi única salida en aquel momento era clara, debía proteger la posición junto a aquellos hombres, juntos podríamos sobrevivir a la noche y sus bestias.
La calma en los tejados resultaba sospechosa, el aire rezumaba tormenta, una tormenta que se desataría de un momento a otro sobre nuestras cabezas. Viendo los rostros de todos aquellos hombres me sentía uno más, estábamos aterrorizados a pesar de nuestra ventaja, nuestras armas no conseguirían nada en un combate cuerpo a cuerpo frente a aquellos gigante verdes.

El anaranjado pelaje de Kitsune no tardó en erizarse, su valentía salio a la luz y se alzó frente a nosotros. Su cabeza subió al cielo y sus colmillos asomaron de su hocico. Instintivamente, todos los presentes dirigimos nuestros cañones en la dirección que fijaba Kitsune. El viento cesó de golpe, sobre nuestras cabezas el cielo se oscureció aún más, ocultando de nuevo a la luna, el ruido de la muerte comenzó a resonar en tromba desde el fondo de un estrecho callejón débilmente alumbrado por un farol.
Con gran nerviosismo y temor apuntábamos el callejón, preparándonos para el ataque frontal con la muerte. Un alarido desesperado de mujer nos sobrecogió, el eco de su voz heló mis huesos y me hizo dar un respingo, por un momento a mi mente vino la imagen de Elisa siendo capturada por una de aquellas criaturas de la noche.

Ninguno de nosotros se atrevía a abrir fuego sobre el callejón, la curiosidad era mas fuerte que el miedo a lo desconocido así que seguimos esperando  la aparición de una de esas criaturas. Kitsune no paraba de gruñir con cada vez mas fuerza, parecía arder en llamas. De pronto, una sombra se ilustro contra la pared del callejón, su aspecto antropomorfo y descompensado no le daba el aspecto de ser un hombre, pero tampoco se veía una luz verde, cosa que, para mi, sirvió de alivio al saber que no iba a volver a enfrentarme con uno de esos engendros.

Uno de los soldados no pudo aguantar la presión y disparo una ráfaga al callejón, al instante, una voz proclamó -!No disparen!-.

La figura de una esbelta joven se dibujó a la luz del farol, llevaba a cuestas el cuerpo de un varón moreno y fornido que chorreaba sangre. No era capaz de distinguir el rostro de ninguno de ellos debido a la tenue luz que caía sobre su posición.
Exhausta, la joven dejó caer el pesado cuerpo que cargaba a hombros, hundiéndose en el suelo junto a él. Un triste llanto se desató en el callejón, se rompía a pedazos a escasos metros de nuestra posición mientras nosotros sorprendidos por los acontecimientos permanecíamos inmóviles. No pude aguantar la escena y me decidí a encaminarme a socorrerles.

Un brazo se interpuso en mi camino cerrándome. Con un gesto fuerte y decidido, uno de los soldados me indicó que parase. Yo no era capaz de entender la causa de aquel gesto, pero me limite a obedecer y dando un paso hacia atrás regrese a mi posición.

Kitsune no cesaba de gruñir y aquel soldado se preparaba para dar la orden de abrir fuego sobre el callejón. La descabellada orden chocaba frontalmente contra mi ética, no iba a participar en el sacrificio de dos jóvenes que claman ayuda por lo que trataba de disuadir a mis compañeros clavándoles mi mirada compasiva. Uno de ellos, me indicó con terror que volviese mi mirada al frente y, con dos dedos, me señaló el callejón. En él, la joven, con el pelo inundandole el rostro, seguía llorando desconsoladamente mientras sujetaba el inerte cuerpo de su amante. Verlos bajo el umbral de un farol me rompía el corazón, regresaban de la oscuridad para morir en la luz ante nuestra pasividad.

De pronto, una luz se iluminó tras el cuerpo de la joven, la luz ,de un verde intenso, mostró la figura repulsiva de un luminoso. En un abrir y cerrar de ojos aquella criatura arrastró hacia la oscuridad a la joven, haciéndola desaparecer. Nosotros abrimos fuego en tromba, corriendo y descorriendo los cerrojos escupiendo balas a ciegas. A pesar del intento, la muerte se había cobrado una víctima más aquella oscura noche.

Kitsune había vuelto a la calma y traumado por la escena se resguardó entre mis piernas. Todos los presentes nos miramos perplejos tratando de averiguar cual seria el próximo movimiento de la compañía.

Viendo las caras de aquellos aniñados soldados comprendí que se trataba de un grupo sin jerarquía alguna y con una pésima preparación. Ninguno de ellos comentó nada sobre mi vestimenta, a pesar de ser el centro de sus miradas en aquel momento, comprendí que esperaban órdenes de una persona de mi madurez para actuar.
Sin vacilar un instante, asumí los galones y pregunté por la ubicación del cuartel general, era el único lugar donde podríamos estar seguros aquella noche y donde podría arrojar luz sobre la ubicación de Elisa aunque por otro lado me asaltaba la idea de que no seria bien recibido por las personas que tiempo atrás me habían abandonado en el bosque.

Uno de los soldados dio un paso al frente tras mi pregunta y me contó que la zona de mando se hallaba en la catedral. Me alivio saber que nuestro destino se encontraba a dos calles de allí.

El camino se recorrió sin sobresaltos, por precaución, dispuse a los soldados formando dos filas de tres, de manera que, unos cubrían la parte delantera y otros la trasera. Los hice caminar con sigilo para no levantar ruido alguno y coloqué a Kitsune al frente aprovechando su olfato para detectar el peligro.
Cruzamos la calle Mun bajo el manto de los infinitos faroles y doblamos a su derecha adentrándonos en la oscura pero rápida avenida Wolf sirviéndonos de su posición de atajo. Me sorprendió la aparente tranquilidad del pueblo aquella noche de caos, los habitantes parecían dormir en calma a pesar del incesante traqueteo de balas en sus inmediaciones.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Reflexión

Imagino, que, al final de mi vida, cerrare mis cansados párpados y en mi mente saltara la imagen de un papel blanco donde se podrá leer "Este libro se termino de imprimir..." en una localización donde mi cuerpo inanimado exhaló sus últimos soplos de vida y en el ultimo año en que fui capaz de observar la belleza de la vida fluir a mi alrededor. 

Puede que sea un pensamiento amargo y triste, pero es algo bello, acabar como acaban los frascos de literatura, sentir lo que siente un escritor al acabar su historia y apuntar la palabra "Fin", cerrar el taco de hojas escrito,mirar al cielo y sentirte satisfecho por haber conseguido contar algo que las generaciones venideras puedan leer. Y si, nuestra vida puede ser contada, podemos legar nuestras acciones, aventuras... No a través de un libro, pero si a través del conocimiento de nuestros actos.

Cuando acabas una lectura, abrazas el tomo y respiras por ultima vez el aroma que desprende cada una de sus páginas.
Esas diminutas motas de sabiduría que se despegan de su celulosa, acto seguido, colocas el libro en la librería con la mente aún inmiscuida en su historia. 

Nuestra vida, es recordada de igual manera por aquellos lectores que han sido testigos de nuestra presencia. Al morirnos, nos recordaran por todos aquellos momentos que hemos compartido junto a ellos, se regocijarán con anécdotas de nuestra vida y sonreirán, siendo conscientes de que, a través del recuerdo, seremos motas de felicidad que iluminen sus vidas como recuerdos de un plácido verano.


Porque la vida es literatura y la literatura exhala vida.


sábado, 16 de agosto de 2014

Lipsbrook IX

La púrpura noche se cernía sobre nosotros, el fino manto de una luna sanguinolenta iluminaba nuestro camino. Estábamos perdidos en la espesura del bosque, junto a miles de árboles majestuosos y crueles que cerraban con sus fuertes ramas el sendero. Mirase para donde mirase la imagen era siempre la misma, un laberinto de muerte que, inexorablemente, nos conduciría a las fauces del enemigo.

Mi corazón debía arder en valentía para tratar de recuperar el rumbo hacia la salida. Los ruidos del abismo tronaban a mi alrededor, podía sentir el despertar de las bestias del averno. Su olor rezumaba en el interior de mis fosas nasales penetrando a mi cerebro, mi respiración no quería acelerarse y trataba de mantener la calma.

Una gran llama se erguía ante nosotros, estaba alejada, pero mi decisión era firme y mi corazón valiente, podíamos alcanzarla.

El fuego es indicio de destrucción, de muerte, pero también de vida, calor y vitalidad. Que una  pira ardiera delante nuestra, en la distancia, significaba que existía vida a su alrededor, que alguien se resguardaba en su regazo, el fuego no parecía muy enérgico, su negruzca huella no parecía amenazadora, la esperanza de llegar a sus pies y encontrar un campamento me llenaba de esperanza.

Con mi pequeño compañero hundido entre mis brazos acelere el paso, las ramas crujían bajo los pies, saliendo disparadas hacia atrás. El horror del bosque comenzaba a despertarse, acudiendo con certera puntualidad a su cita con la muerte, ¡Que la suerte nos ampare esta noche! Mirase donde mirase, ni un mínimo atisbo de vida rodeaba nuestro paso, solo se escuchaba el macabro caminar de aquellas criaturas en la distancia. Como leones hambrientos corrían a lo lejos buscando una presa con la que saciar su sed de sangre aquella noche. Si de verdad existiese el infierno, aquellos seres serian sus reyes, sentados en el trono devastarían el inframundo bajo el yugo de sus garras.

Debido a mi estado de nervios, no era consciente del abandono del bosque, poco a poco estábamos saliendo a la claridad de los faroles, el fuego, seguía frente a nosotros, pero no se hallaba en el bosque, hecho que congelo mi sangre. De un salto salimos del bosque, la contemplación de la luz amarilla bañando nuestra silueta me hizo recobrar el aliento. Habíamos realizado nuestra huida satisfactoriamente, ahora solo debíamos refugiarnos y esperar al alba.

La serpenteante calle Williamson lucia entrecortada por la luz de los faroles, era el reflejo de la oposición maniquea: el haz de luz amarilla mostraba la vida, pues debajo de su calor te encontrabas protegido; en cambio, los huecos abnegados de luz eran la inseguridad de la noche, el lugar donde la muerte acecha para agarrarte de los hombros y llevarte al otro extremo de la laguna.

Pensé en parar a recobrar el aliento bajo una de aquellas luciérnagas metálicas, pero podía sentir la presencia de esas criaturas cerca de nuestra posición. En los tejados se escuchaba su caminar, su salivar resonaba en aquella calle. No tenia mucho tiempo antes de que alguna de ellas diera conmigo y con el pequeño zorro, por lo que debía encontrar un refugio donde pasar la noche.

La biblioteca no andaba lejos, de hecho, la veía a unos metros frente a mi, majestuosa como siempre con el semblante serio y paternal que poseen las casas del saber. Aquella noche, bañada por la niebla me invitaba a introducirme en su interior para soportar las embestidas de la muerte. Debía pensar rápido pues el tiempo apremia a los hombres decididos y valientes.

Centré mis pasos en la entrada de la biblioteca y camine veloz hacia ella, el viento golpeaba mi rostro intentando frenar mi ímpetu, pero solo acrecentaba mi determinación. Conforme me acercaba a la puerta un pensamiento asomó en mi cabeza ¿Cómo conseguiría entrar dentro si la puerta estaba cerrada? Tenia que encontrar otra forma de poder acceder a su interior o buscar otro lugar donde entrar, opción que deseche dado la proximidad de las bestias tras de mí.

Al llegar a la puerta, tire del pomo con la ilusa idea de poder abrirla, pero Henri había cumplido su trabajo con profesionalidad y la había cerrado, de hecho tras dos fuertes sacudidas el cierre ni se inmutó. Como si de un ultimo cartucho se tratase rodee el edificio para intentar encontrar otra entrada. Escrute cada rincón de la fachada y observé cada ventana, pero su altura me impedía acceder, la ennegrecida pared se cerraba ante mi fiel consumiendo mis últimos alientos, como un espectador esperaba a que llegara la hora de mi perdición.

Cuando ya no esperaba esperanza alguna, una entrada al paraíso se abrió ante mi, era una pequeña ventana posada a mis pies, lo suficientemente ancha para arrastrarme a través de ella. Era el acceso al archivo subterráneo de la biblioteca. Se hallaba cerrada, pero el cristal no me era un impedimento. Tenia que ser rápido en mi tarea pues las bestias se acercaban cada vez más a nosotros, disponía de unos minutos para poder colarme en el interior y mis nervios comenzaban a aflorar. No trabajo bien bajo presión, mi pulso se acelera y mis manos se agitan con violencia haciéndome entorpecer.

Me agache para tocar el cristal y ver su grosura, por suerte, se trataba de un cristal fino y débil por lo que un golpe fuerte y seco lo quebraría. Decidido me levante, eche un paso atrás, agarré con fuerza a mi acompañante y aseste un potente puntapié contra el cristal.

El cristal estalló. Mi zapato se inundó de multitud de virutas de vidrio. Un aire frío emanó del interior de la ventana con el aroma de amarillentas hojas de papel. Mi acceso parecía oscuro y misterioso, no sabia con seguridad donde nos conduciría aquella entrada. Lo seguro era que allí dentro estaríamos a salvo.

Cogí al pequeño zorro y lo precipite a través de la ventana. Su rojizo lomo desapareció al atravesar el umbral de la ventana, pero el sonido de sus patas tocando el suelo me tranquilizó.

Miré a mis espaldas antes de entrar por la ventana, el paisaje mostraba una quietud aterradora, el ruido de las bestias había cesado, se habían apagado tras el atronador estallido de la ventana. Ni la mas mínima señal de vida resonaba en la calles, era como hallarse en un pueblo fantasma donde la muerte habita en cada esquina. Un marino cielo sobre mi cabeza no mostraba luna alguna, las estrellas, apagadas, no iluminaban la calle y el viento había dejado de soplar. Si de verdad quería sobrevivir aquella noche tenia que meterme dentro de la ventana y debía ser rápido pues estaba en el momento adecuado. Volví a ponerme frente a la biblioteca, agaché mi cuerpo y a gatas entre a través de ella deslizándome al suelo, que se encontraba a unos centímetros de altura.

Una vez dentro, traté de aclarar mis ojos para ver lo que me rodeaba en aquella oscura estancia. La ennegrecida atmósfera fue tornándose en grisáceos contornos que mis ojos escrutaban con precisión. Entre la multitud de sombras que apreciaba en aquella sala vi el inconfundible lomo de mi rojizo amigo al fondo de la estancia, hecho una bola aguardaba acurrucado en el suelo, tanto a él como a mi no nos agradaba nada aquel lugar. Era frío y oscuro y a nuestro alrededor se erguían multitud de estantes apilados de libros. Sin lugar a dudas nos habíamos adentrado en el archivo de la biblioteca, aquel polvoriento y frío lugar donde los documentos aguardan cautivos el momento de ser liberados para ser consultados por algún curioso.

Al llegar a la parte posterior de la habitación me senté en el suelo al lado del pequeño zorro, delante nuestra, en lo alto, la rota ventana emitía una leve luz proveniente de los faroles. Estábamos a salvo del ataque de las bestias luminosas. Respiré aliviado pero al mismo tiempo un sentimiento de miedo e incertidumbre recorrió mi mente ¿Donde estaba Elisa? ¿Habría sido abandonada en el bosque como yo? ¿Había caído bajo las garras de la muerte? Comencé a inquietarme por su suerte y mi mundo empezó a volverse negro, probablemente habría perdido para siempre a Elisa, los hombres de Arthur la habrían secuestrado para sus fines, o peor, habría sido abandonada en el bosque como presa para los luminosos.

De mis ojos escaparon lágrimas, sin darme cuenta mi mundo se había derrumbado, estaba solo. Sin Elisa, Henri ni Emma, me encontraba perdido en aquel pueblo. Era mi final, ya nada me empujaba a sobrevivir.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando, mi pequeño compañero de viaje, lamió mi mano y se regocijo contra mi brazo. Su calor y su pelaje rozando mi antebrazo me devolvió a la realidad, era como un ángel guardián que levantaba mi abotargado cuerpo del fango.
Devolví el cariño mostrado en forma de caricia, pasando mi mano sobre su lomo acariciándolo de arriba a abajo.

La noche quebró y nuestra ventana se torno negra, una inmunda fiera del averno incrustó su cabeza a través de la ventana, profería gritos devastadores y su saliva goteaba contra el suelo. Las acometidas se sucedían, tratando de penetrar la ventana para acceder a nuestra posición. Cuando metía su cabeza, la estancia se volvía negra, nos dejaba a oscuras y cuando sacaba la cabeza una fina luz amarilla dejaba entrever su silueta verdosa junto a sus cuatro ojos inyectados en fuego. 

Por suerte, su envergadura le impedía entrar con facilidad por la ventana, lo que nos daba tiempo para escapar y resguardarnos de su futuro ataque. En ningún momento caí en la idea de esperar su cansancio en aquella empresa, pues imaginé que conseguiría entrar de una forma u otra ensanchando los margenes de la ventana, así que me levante y trate de buscar la puerta de acceso a la biblioteca. Entre ráfagas de relámpagos amarillos y el sonido atronador del chirriar de sus dientes, recorrí la pared de la sala palpando cada palmo. En el extremo izquierdo, un metálico pomo golpeo mi mano. Acabábamos de encontrar la salida. Giré el pomo hacia abajo con rapidez y la puerta se desbloqueo con facilidad. La pared tras de mi crujió y la fiera emitió un sonido de victoria, su propósito parecía satisfecho. Nos introdujimos tras la puerta y la bloqueamos tras nuestro paso.

El lugar al que accedimos era un sitio vacío de luz, como si se nos hubiesen vendado los ojos. La máxima oscuridad habitaba en aquella sala. Nuestros pasos, en línea recta resonaban sobre las paredes que, a juzgar por el eco, no estaban muy lejos de nosotros. A oscuras estábamos recorriendo un pasillo. La puerta tras nosotros resonó con un estruendo sobrecogedor. 

La criatura había impactado contra ella pensando que cedería tras su acometida, pero por suerte, aguantó intacta el impacto protegiéndonos de la muerte. Su voraz instinto asesino no cesaba y aporreaba la puerta con fuerza. Adentrándonos en las tinieblas recorríamos los fríos pasillos del subsuelo de la biblioteca. Ayudado de mi brazo derecho palpaba las proximidades a fin de sortear posibles obstáculos. El eco metálico de la puerta golpeada me helaba los huesos. Un incesante martilleo apretaba tras nosotros.

El frío tacto metálico de una nueva puerta apareció delante. Mi mano palpo aquel reconfortante portal a la libertad y lo acarició con suma suavidad como si de una lira se tratase. Los golpes cesaron en mi cabeza y una lenta y dulce melodía resonó dentro de mi mente. La lira iba picando las notas en mi interior haciéndome vibrar mientras bajaba mi mano en dirección al pomo. Cuando hube agarrado el pomo, los dedos recorrieron de un lado a otro el instrumento abriendo ante mí na entrada al nirvana.

Una escalera de caracol bañada por el manto azulado de la noche se erguía ante nosotros. Tras cerrar la puerta y forzar el pomo para romperlo, nos elevamos sobre ella con los aires de aquel que ha salido victorioso de su lucha con la muerte.

Al alcanzar la cima eleve mi pecho y me sentí como Alejandro Magno tras conquistar Babilonia. La sabiduría y la grandeza cultural de un vasto imperio se abría ante nosotros. Las largas pilas de libros que bañaban las estanterías de la biblioteca me resultaron el paraíso. Un fuerte donde cultivar mi literatura y refugiarme del mal que acecha tras las paredes.

Los disparos de fusil resonaban al otro lado del muro, pero no me hacían bajar del sueño paradisíaco en que me encontraba. En aquel momento no me importaba nadie en absoluto que no estuviese en el interior de esas cuatro paredes. Volvía a ser ese pequeño niño que se pasaba horas mirando los estantes de la biblioteca con sus innumerables tomos verdosos,granates y negros. El pequeño intrépido lector que abría cada uno de ellos y se alimentaba con el olor que aquellas paginas amarillentas desprendían.

Recorrimos el vestíbulo pegados a la pared acariciando uno por uno los tomos. Un grisáceo foco celeste caía sobre la estantería iluminándola como si de una indicación divina se tratase. Mi vida se paró allí, donde la literatura empezaba a desangrar tinta por los poros de su piel. Las granadas cascaras de aquellos libros se pegaban a mis dedos infundiendo miles de mundos oníricos a mi mente. Cada historia, pensamiento o idea de aquellos inmortales maestros de las letras luchaba por contarme su contenido.

Quedé sorprendido cuando mi dedo indice cayó sobre un diminuto libro amarillento con inscripciones orientales. Posé mi mano sobre él, lo saque de la estantería y observé su tapa. El polvo inundaba su fachada, probablemente seria el primer lector que ojeaba sus páginas desde hacia mucho tiempo. Soplé con fuerza para limpiarlo, el polvo voló entre las paredes de la estancia precipitándose con un suave y danzarín paso hacia el suelo.

Dibujado a carboncillo, un guerrero de pesada armadura blandía una fina y estilizada espada. Su rostro, de ojos estrechos y pequeños, miraba con serenidad mientras montaba sobre un enorme y moteado caballo. La escena se adornaba con una serie de letras orientales pintadas a pinceladas, una de las letras destiñó cuando mi pulgar se posó sobre ella, aquel libro había dejado una marca en mi cuerpo, el guerrero había atacado mi alma y se decidía a conquistar mis pensamientos. Hojeé sus páginas tratando de empaparme con su sabiduría, que, para mí era desconocida, y no encontré más que grafías ininteligibles. Aquel libro estaba escrito en japonés, idioma que no entendía. Por suerte, sobre los margenes había apuntes y traducciones sobre los contenidos de las páginas, no era el primer intrépido en leer aquel libro, alguien se me había adelantado y traducido gran parte del libro.

Las paginas se adornaban de mitos y guerreros japoneses, llamados samuráis, luchando contra extrañas serpientes con cara de dragón. En otras, hermosas jóvenes ataviadas con coloridos vestidos posaban rodeadas de una naturaleza exultante de vida. Mi sorpresa llegó, cuando en una de aquellas paginas avisté un esplendido zorro, rojizo como mi joven compañero, se erguía sobre un saliente. De mirada penetrante y disuasoria hincaba sus ojos sobre mi, estaba encuadrado en el interior de una esfera blanquecina y una inscripción en vertical pincelada con suma delicadeza. En el margen de la derecha, escrito a pluma se leía "Kitsune". La pagina se remataba con un pequeño texto en la zona inferior, que torpemente traducido encima de las letras originales decía:

"El Kitsune es un espíritu del bosque, cuyo propósito es velar por la protección del bosque y de las aldeas cercanas. Su sabiduría y astucia no tiene límites, llegando a ser tan astutos como para adoptar formas de bellas mujeres y guiar a los más nobles samuráis en sus batallas..."

Como un rayo que penetra en mi corazón, entraron aquellas palabras, su chispa me condujo a comparar mi fiel escudero con aquel ser mitológico. En ese momento decidí nombrarlo "Kitsune". Me agaché para agarrarlo, miré sus ojos, de un negro intenso y dije :

-Estimado compañero, a partir de este momento, y para el resto de tu vida, pasaras a nombrarte Kitsune, el protector de Lipsbrook.

Toqué su cabeza y asintió mis palabras. Aquel rojizo animal no dejaba de sorprenderme, era el mito hecho realidad.

El estruendo de la muerte se ciñó sobre nosotros, un cuerpo inerte entró por uno de los ventanales como una piedra lanzada con fuerza desde el exterior. Se trataba de un soldado que exhaló su ultimo aliento de vida antes de estallar contra el suelo. El crujido de sus quebrados huesos inundó el vestíbulo. Con una muerte rápida y desgarradora, el soldado se hallaba a escasos metros. La fina luz grisácea que le iluminaba nos ahorro el contemplar el horror en su rostro y su cuerpo desgarrado.

Aquel mortífero suceso no solo había traído la muerte a nuestra guarida, sino que había abierto una brecha tras los muros, dejándonos a merced de un ataque.

Desde la distancia, pude vislumbrar lo que parecía un fusil, de ser cierto, podía usarlo para repeler al invasor, pero para ello debía acercarme a los restos de aquel desfigurado cuerpo. Tomé una enorme bocanada de valentía y encamine mis pasos hacia él. Cada paso que daba hacia temblar mis piernas, el escalofrío de la muerte me acariciaba con sus funestas y frías manos. La gris luz que cubría el cuerpo se hacia cada vez mas blanquecina dejando ver las marcas de la muerte. La desafortunada víctima era un joven moreno de enclenque cuerpo, con el rostro lleno de heridas producidas por los cristales, sus extremidades se hallaban retorcidas sobre un charco de sangre y en su pecho, grabado a fuego, se encontraba la huella de aquellos repulsivos monstruos luminosos.

Su mano izquierda no sujetaba un fusil sino una ensangrentada carta. No entendía la causa de sacar una carta en el momento del ataque. Cuando me iba a agachar para inspeccionar su uniforme en busca de algún arma su mano derecha me agarro la muñeca. Un grito de terror salió disparado de mi garganta. Contra todo pronostico, el soldado seguía exhalando vida. Levantó torpemente la cabeza, y, con ojos perdidos en la oscuridad de la muerte me ofreció la carta pidiéndome que se la entregase a su mujer. Atónito ante la situación, trate de mantenerlo con vida, pero antes que pudiese presionar la gran herida que coronaba su pecho, murió, se había apagado bajo la fina luz que lo iluminaba en el regazo de la ventana.

Como hombre de palabra que soy, cogí la carta y la guardé en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Estaba manchada de sangre por lo que debía transcribirla a fin de entregársela a su mujer en un estado legible. Después, inspeccione su uniforme en busca de un arma con la que protegerme ante la inminente invasión luminosa. En uno de sus costados, encontré una pistola guardada en su pistolera. Deslicé el cerrojo de la pistolera y saqué el arma. Antes de abandonar el cuerpo de aquel hombre bajé sus párpados a fin de hacerle descansar en paz.

Regresé a mi posición junto a Kitsune, nos dirigimos a la parte posterior de la biblioteca, donde pegados a la pared esperábamos la inevitable batalla por nuestro supervivencia. Batalla que no tardo en venir, pues en el exacto momento en que apoyamos nuestras espaldas contra la pared del fondo del vestíbulo, una intensa luz verde empezó a entreverse por la ventana rota.


martes, 1 de julio de 2014

Lipsbrook VIII

"El fin justifica los medios" y eso es lo que debió de pensar al invadir nuestro pueblo. La ciudad se llenaba de soldados jóvenes, que fusil en mano custodiaban las calles. De los quince soldados que pude ver a la salida de la iglesia ninguno de ellos parecía llegar a la veintena de edad, eran críos con uniformes verdosos que caían destallados sobre sus cuerpos, los rifles no se agarraban con la seguridad con la que un profesional los sujeta y su objetivo no parecía claro, deambulaban con la incertidumbre de si tener que asegurar el perímetro o custodiar a Arthur a su campamento.

Un soldado llamó mi atención al salir de la iglesia, era un tipo joven de unos dieciséis años de edad, pequeño y rubio, con la cara redonda, labios finos y nariz ancha. Su mirada se movía nerviosa y su rifle tintineaba entre sus manos, se encontraba asustado y perdido en Lipsbrook, echaba fugaces miradas a cada persona que salia de la iglesia como tratando de descubrir cual era su misión.

Elisa volvió a tirar de mí para llevarme a otro sitio, pero, ¿Donde me llevaría esta vez? Rodeamos la iglesia y nos adentramos en el callejón de atrás, era un pasillo estrecho con paredes de un grisáceo pútrido y un olor nauseabundo debido a un pequeño área inundado por agua estancada y verdosa que soporizaba por una diminuta oquedad del cubo de residuos de la iglesia.
Elisa no vacilo en ningún momento, agarró mis hombros y con gesto eléctrico dijo:



-La razón por la que te he traído aquí, a esta iglesia, era para quedar con Emma y Henri y escaparnos de este maldito pueblo, debíamos encontrarnos aquí, dirigirnos a Westbrook desde donde un amigo de Henri nos transportaría en un coche de caballos hasta la estación de tren que parte a Newcastle, allí la familia de Henri nos proporcionaría asilo. No se porque no han aparecido, me temo que nos han engañado y se han ido ellos dos solos.



Antes de que pudiese defender el honor de mi amigo, y el compromiso de sus palabras, un golpe seco de la culata de un fusil impactó contra mi nuca haciéndome caer noqueado. Mi vista se torno en negro y me sumió en el sueño durante un largo tiempo.

Soñé con seres antropomorfos que emanaban luces de su cuerpos.Una orgía de colores terribles inundaban mi senda, si, recuerdo hallarme en mi sueño caminando a través de un desierto en la noche, seguía las vías de un abandonado tramo de ferrocarril, a mis lados custodiaban mis pasos una serie de criaturas fungiformes de ojos de luz roja. Esperaban el momento en que saliera de las vías para devorarme, los oía relamerse. Se trataba de un ejército de chepudas criaturas gruñendo pidiendo mi caza, rugían a cada paso que daba con un ruido devastador y terrorífico. Frente a mí, en la distancia, un enorme tótem se erguía. Representaba una criatura híbrida, mitad hombre, mitad rinoceronte a la cual me acercaba hipnotizado haciéndose más grande a cada paso que daba. Su rostro, con una sonrisa demoníaca, transmitía un sentimiento de terror inhumano, parecía provenir del mismísimo infierno, de las profundidades del averno, me aterraba mas que mis guardaespaldas. En mi sueño no podía echar la vista atrás, la atracción del tótem era demasiado fuerte. En el momento en que me encontré bajo los pies de la enorme criatura de piedra su rostro cambio y pude ver el rostro del enorme titan del bosque.

Avanzaba mecánicamente hacia aquel rostro que lentamente inundaba mis alturas ensombreciendo mi camino, la oscuridad iba en aumento, era mi final...

Al despertar, mareado y con un fuerte dolor de cabeza, mis ojos comenzaron a esbozar mi alrededor, en un principio pude ver manchas de colores, formas diluyéndose ante mis ojos y voces planeando sobre mi cabeza, los ecos producidos por sus voces no se transcribían en mensajes en mi cerebro. Parpadeaba tratando de recobrar la consciencia, traté de frotarme los ojos pero mis muñecas permanecían atadas tras mi espalda. En cambio, podía andar, aunque debido a mi aturdimiento no era capaz de trazar una linea recta, por lo que caí de bruces al intentar caminar hacia delante.
El olor de la húmeda hierba dio pistas de donde me hallaba, trate de afinar mi oído para poder escuchar algo, pero ni un alma se encontraba allí, solo podía oír los murmullos de las hojas al crepitar, el viento meciendo la hierba junto con los rápidos pasos de algún pequeño conejo que, a lo lejos, andaba buscando alimento.

La hierba mojada despertaba lentamente mis sentidos devolviéndome a la realidad, mi vista poco a poco identificaba las manchas de color, y mis piernas recuperaban su motricidad.
Pero cual fue mi sorpresa cuando una mancha de un anaranjada apareció frente a mí, avanzaba rápidamente, parecía un ente flotando sobre la hierba, de un pequeño tamaño pero con gran vitalidad. Por un instante sentí pánico, que de ser o fuerza se iba a abalanzar contra mí. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, y ante mi imposibilidad de levantar mi cuerpo de la hierba, la figura se paró, traté de no mover un solo musculo para pasar desapercibido. Podía sentir su calor, su respiración era jadeante como la de un perro, el vaho que producía su boca impactaba contra mi rostro inundando mi olfato de un denso y desagradable olor. De pronto, su diminuta lengua lamió mi cara, la saliva dibujo un camino sobre mi rostro provocando un chapuzón sobre mi cabeza, al instante, desperté de mi letargo y pude volver a sentir el control sobre mi cuerpo. Mis ojos volvían a mostrar imágenes nítidas, y el espectro naranja de húmeda lengua se torno en un joven zorro de vivaz pelaje, ardiendo erguido ante el sol del atardecer.


A pesar de su pequeña figura, el animal se mostraba solemne sobre la hierba, su estilizado hocico se levantaba hacia el cielo al igual que sus orejas que, en posición de alerta velaban por su seguridad, su lomo, cubierto de un agitado fuego confería voluptuosidad y el blanquecino sendero que recorría su pecho le otorgaba gran pureza. La encrespada cola se agitaba de felicidad al verme, el animal era dócil y eso me halagaba, al fin la naturaleza se portaba bien conmigo y no quería destruirme.

Levante mi cuerpo con esfuerzo ante la atenta mirada del joven zorro, una vez de pie el animal se alineo a mi derecha, acurrucándose contra mi pierna, su suave pelaje temblaba sobre mi pantorrilla, el animal estaba asustado, sus orejas se replegaban hacia atrás y su rabo se escondía tras sus cuartos traseros. Con gran suavidad me agache para agarrarlo del lomo y cogerlo en brazos, a pesar de mis pocos conocimientos sobre los zorros sabia que era una joven cría que quizás se encontraba huérfana en el bosque.

Mi anaranjado amigo no opuso resistencia alguna y se dejó llevar sobre mis brazos, lamió mis dedos en señal de gratitud y una vez contra mi regazo me miro a los ojos, sus ojos esmeralda lucían vidriosos y apagados. Su mirada me compungió, a saber las barbaridades que había presenciado a su tan corta existencia.

Comenzamos a andar por el bosque, no entendía muy bien el por qué había acabado allí, era media tarde y no se atisbaba prueba alguna de ningún humano a mi alrededor y mucho menos de Elisa, a quien principalmente buscaba, y digo principalmente, por que no sabia en que zona del bosque me encontraba por lo que me hallaba perdido.

Cuando apenas habíamos caminado unos cien metros, mi pequeño amigo comenzó a inquietarse, el pelaje se le erizó, su hocico dejo entrever sus colmillos, que lucían como diminutos sables de marfil, sus orejas en punta aguardaban la orden de atacar.
Trate de averiguar el motivo de su cambio de estado, el camino no se había modificado un ápice, de hecho reinaba una gran calma, los fresnos se agitaban con suavidad ante el fino viento que soplaba tras nuestras espaldas, los pájaros dormían con total tranquilidad y el sol calentaba nuestro paso iluminándolo a pesar de los numerosos brazos de los árboles.

Pero mi compañero, seguía acrecentando su alarma a cada paso, hasta que al situarnos justo delante de un enorme tronco caído, el animal gruñó con fuerza e intento saltar de mis brazos para atacar. Agarré con fuerza su cuerpo a fin de evitar una lucha con lo que quiera que habitase al otro lado del tronco. Conseguí controlar el desmedido ímpetu del zorro, a pesar de su pequeño tamaño.

Algo se escondía tras el tronco caído, y por lo que parecía no se trataba de algo amistoso. Imágenes centellearon en mi cabeza llenándome de un inmenso temor, la imagen del joven devorado por el luminoso asomo en mi mente, tras ella los ojos de la bestia en la cueva tratando de atraparme. Mis piernas temblaban ante lo que pudiese hallarse tras aquel tronco, pero mi curiosidad me empujó a seguir adelante y descubrir que era lo que inquietaba a mi amigo.

Cuando estuve lo suficientemente cerca del tronco, incline ligeramente el cuerpo hacia adelante con suma precaución. Un rojizo charco de sangre habitaba el lugar, flotando sobre él, un revólver, y a unos pocos metros un zorro yacente descansaba sobre la dolorosa hierba. Abnegada por la muerte con un disparo en el vientre. Al presenciar la escena tapé, en acto reflejo, los ojos del pequeño zorro, no quería que presenciase la muerte de su madre.

Cuando pose mi mano sobre sus ojos noté como mis dedos se humedecieron, el animal estaba llorando, su pelaje y orejas regresaron a su anterior quietud. Acaricié su lomo a fin de calmarle y me dedique a presenciar la escena a fin de poder reconstruir los hechos.

La sangre brotaba del vientre del animal pero parecía excesiva para una criatura de esa envergadura, además, el revólver tirado en el suelo no poseía ningún sentido. ¿Quien podría disparar a un animal y luego arrojar el arma a escasos metros del cadáver? Advertí un sonido a mi derecha, intermitente,denso y repetitivo. Giré mi cabeza y observé un goteo de sangre que se precipitaba chocando contra la superficie del árbol caído, formando un charco que desembocaba en el gran mar sanguinolento donde yacía el difunto zorro. Las gotas debían caer de algo posado sobre nuestra cabeza, por lo que alcé la vista hacia el cielo. Un desagradable hecho aconteci, ya que sobre mi cabeza se encontraba el cuerpo de un soldado atrapado entre  una maraña de ramas.

La gran herida de su cuello era la culpable del goteo, una gran criatura le había desgarrado el pescuezo y subido a aquel árbol, aunque no parecía haberse ensañado con su cuerpo, su uniforme estaba hecho jirones y su rostro no parecía descansar en paz. Lucia aterrado por la muerte que le sobrevino, el pánico en su mirada me produjo un gran escalofrío.

Con el descubrimiento de la macabra escena pude reconstruir los hechos e intentar formularme una respuesta. Probablemente el soldado se vería perseguido por una criatura del bosque, comenzaría su huida y se encontró con el zorro, a quien disparó debido a su posible estado de nervios, una vez hecho, eñ ruido delató su posición, facilitando el trabajo a su perseguidor, quien le dio caza desde las ramas y lo subió arriba para darle muerte.

Mi simple hipótesis parecía responder al hecho que acontecía pero no tenia respuesta para preguntas mas complejas como el hecho de que despertase tras un golpe en el bosque sólo o donde se encontraba Elisa.

Por otro lado, el ataque al soldado ocurrido por el día me hizo pensar que quizás el bosque no era solo peligroso de noche sino también de día. Aquella idea me hizo recapacitar sobre la quietud del bosque en aquella tarde y decidí salir de la escena del crimen con paso rápido para tratar de llegar a Lipsbrook. Proporcionaría a mi pequeño amigo naranja custodia bajo el techo de mi hogar.

Anduve con paso firme y rápido en dirección norte con el zorro sobre mis brazos. El bosque pasó de la calma y el silencio anteriores a la agitación y la reproducción de multitud de sonidos,  ahora pasaba a escuchar cada chasquido del ramaje, el aleteo de los pájaros sobre nuestras cabezas, las alimañas moviéndose rápidas a nuestro alrededor y los brazos de los arboles dándonos sombra ante la progresiva caída del sol a nuestras espaldas.

El sol iba cayendo inexorablemente tras el horizonte haciendo que la noche sumiese con su manto el bosque, solo teníamos unos minutos antes de adentrarnos en la oscuridad, donde seriamos pasto de las criaturas. No sabia bien donde desembocarían mis pasos pero confiaba en conseguir salir de allí. Mi joven compañero miraba desde el regazo con un gesto tranquilo que dejaba entrever una sonrisa esbozada en el hocico. Gesto que ya había visto antes en un animal, su fiel amistad había sido conseguida.